Para mi hijo en América
Lo que vas a leer a continuación se puede considerar un cuento de Navidad. Aunque pudo ocurrir en cualquier época del año...
Es un relato corto, pero la historia que lo hace posible tomó mucho tiempo.
Yo voy a contarte una versión; no puedo, sin embargo, descartar que hubiera otras. De hecho es bastante probable.
Es una historia dedicada, claro, que llega a mí a través de una sóla persona pero inevitablemente hay otras muchas implicadas. Y es que todo en esta historia es único y múltiple a la vez.
Es la crónica de un sueño, de una idea, de un esfuerzo, del empeño, la dedicación y la perseverancia... y si hay un héroe en todo esto, como ya habrás adivinado, no podía ser sino un funcionario público.
...Y seguramente todo lo que pasó no dependió sólo de él. Seguro que su intervención por sí sola no era suficiente; es más, tal vez no era siquiera indispensable. Pero el hecho es que era Faustino Velarde quien estaba allí, en ese momento. Ni más, ni menos.
Director de una Oficina zonal de Correos en Mendoza, ciudad capital de la región, Faustino se afanaba cada día por que todo marchara rodado en aquel, su territorio, tratando de inspirar presteza, competencia y profesionalidad. Esto era importante porque toda la labor que se desempeñaba en aquel centro era susceptible de caer en la monotonía y no era siempre fácil alentar al personal.
Cada día entraban y salían cartas, paquetes, llegaban telegramas... a todo se le daba curso o se preparaba para su distribución, sin demasiado aspaviento, sin incidencias importantes... todo bastante rutinario. Hasta que aparecía, por ejemplo, una carta matasellada un año atras, procedente de España y rebotada desde San Juan, Tucumán y Buenos Aires, sucesivamente. Una carta imposible de entregar porque no había, del destinatario, más dato que el nombre, y no había rastro de él en todo registro censal de la provincia.
El tipo de contratiempo que terminaría, más tarde o más temprano, haciendo bulto en algún armario archivador. Pero también, quizás, el desafío que Faustino secretamente esperaba para escapar de esa rutina que también, a veces, afectaba incluso a su incombustible ánimo. La oportunidad de hacer ese 'algo más' que lo estrictamente responsable, o al menos un tema de conversación para la próxima Junta de servicio.
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Cándido Cuevas Gutiérrez, por su parte, estaba en aquella misma mañana doblando el espinazo y hundiendo el azadón, como tantos otros días. Viviendo la enésima etapa de su odisea, pero en ningún momento ésta le había llevado a pisar siquiera la provincia de Mendoza. Había recorrido, no obstante, un largo camino...
Cansado de perseguir precarios jornales cada vez más esporádicos en una tierra cada vez más condenada al abandono y la miseria, oyó a su amigo Antonio hablar del San Martino, buque trasatlántico que partiría de Málaga en abril, llevando a miles de paisanos a buscar fortuna al otro lado del charco.
Esto había ocurrido el año anterior, en 1.889. Cándido reunió sus ahorros, se armó de valor y acompañó a Antonio a probar suerte, a pesar de que él no contaba con uno de los pasajes subsidiados que habían sido enviados desde la capital argentina. Finalmente consiguió alistarse para el viaje, aunque por error fue inscrito como obrero industrial cuando su única experiencia era en el campo. Se despidió de su madre y la animó diciéndole que le iría bien, que volvería hecho un hombre y con dineros para sacar a la familia de la pobreza, y al pueblo entero si hacía falta... "No se olvide de mí... Y escríbame, mama, que yo estaré allí."
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Las Juntas de servicio eran, para muchos de sus asistentes, de lo más aburridas. No así para Faustino, que gustaba de conversar y compartir experiencias con sus homólogos y, en realidad, con cualquiera que se le cruzase por delante. Había, en su sector profesional, una cierta reticencia generalizada a aquel nuevo invento, el "teléfono", que llevaba una década abriéndose camino en el país. Pero a él le encantaba el invento, nunca mejor dicho.
Faustino, que llevaba consigo una nota con todos los detalles de la carta misteriosa, aprovechó su tiempo libre en Buenos Aires para tratar de averiguar algo más. Contactó con el puerto, con algunos contratantes, con la agencia de inmigración... en Acebal Díaz y Cía., había, efectivamente, constancia de la llegada de alguien con ese nombre, hacía unos quince meses, con visado de industrial. Pero no sabían qué había sido de él tras su venida.
A instancias de las rúbricas que figuraban en el sobre, comentó el asunto con los directores de San Juan y Tucumán y juntos contactaron con los respectivos despachos. En San Juan no sabían gran cosa, salvo que la carta había llegado desde Tucumán y nadie la recogió hasta que un par de meses después decidieron reenviarla siguiendo la dirección este oeste que la había traído hasta allí. Y así es como acabó en Mendoza, donde también habían recalado muchos españoles, claro.
De Tucumán, en cambio, llegaron más noticias. Hasta cuatro cartas dirigidas a la misma persona, de la que efectivamente se había tenido noticia en el municipio, habían pasado por esa oficina. Mataselladas en diferentes momentos, sin embargo todas habían llegado allí en los dos últimos meses. Para entonces, el destinatario estaba ya ilocalizable.
Conservaron una de las cartas y reenviaron las otras a tres puntos diferentes del país. En dos de ellos se sabía de un español que había pasado por la respectiva oficina de correos preguntando si había algo para él; uno de esos lugares era San Juan. Allí, después de terminada la Junta, su director quiso a su regreso indagar en el caso y pudo hablar con el operario que en su día había visto en persona al muchacho en la oficina. En un ejercicio de memoria, recordó que por reflejo había escrito una nota ese día; la nota apareció y el nombre que en ella figuraba era el mismo que el de las cartas. Había también una fecha; así es como supieron que, con toda probabilidad, el español errante había pasado primero por San Juan y después por Tucumán. Y no al revés, como en principio se pensaba.
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Más de un año había pasado. Se acercaba otra Navidad que doña Ana pasaría sin saber nada de su hijo. Ella recordaba lo confiado que estaba, su entusiasmo... Ya desde pequeño se le recordaba como un chico activo, optimista, resuelto, convencido de que la vida le deparaba algo más. Grandes aventuras aguardaban, pensaba, y a pesar de que durante toda su corta vida sólo había conocido el agro sabía muy bien que, cuando llegara el momento, no dudaría en emprender un camino diferente.
Aún así, aquel era todo un viaje a lo desconocido. A un mundo enorme, en el que La Garnatilla era menos que un átomo. Así, la tristeza y preocupación de una madre eran algo natural.
Cándido no temía a la tierra ni tampoco al mar; al cabo llevaba toda la vida entre el uno y el otro. Pero cuando zarpó el barco tampoco tenía, en efecto, idea alguna de a dónde iría a parar. Aunque pensaba que podría trabajar de lo que hiciera falta, su billete como especialista industrial supuso el primer escollo. Pronto descubrió que no podía meterse en una fábrica sin tener experiencia; no obstante, su pasaje era válido y le permitía permanecer en el país... Tendría, pues, que encontrar un patrón por su cuenta cuando todos sus compañeros de viaje ya se habían asentado.
Así es como en poco más de un año acabó recorriendo el país argentino, haciendo una espiral que le llevó primero de Buenos Aires hasta el sur, de ahí al norte y finalmente de oeste a este, echando una mano donde se le necesitara.
...Y así era como había pasado de San Juan a Tucumán antes de continuar su ruta. Cavilando sobre qué rumbo habría podido tomar a continuación un español sin destino fijo que busca trabajo y va encadenando faenas temporales, Faustino lo comentó con sus compañeros, les dijo todo lo que sabía al respecto y fue, al fin, el encargado de registros quien tuvo la idea definitiva... "don Faustino, ¿y si llamamos a Fronteras?".
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Cándido Cuevas Gutiérrez había cruzado por el paso de Colón en septiembre de 1890. Llevaba un mes y medio residiendo en la célebre Villa Cosmópolis, barrio del Cerro, Montevideo. Junto con otros miles de españoles allí instalados y con la fundada esperanza de que esta vez fuese para quedarse; ya había registrado de manera oficial su dirección allí.
Cada vez que podía, como había hecho desde que comenzara su periplo americano, se acercaba a la oficina de correos más cercana y preguntaba... "¿Ha llegao carta de mi mama?". Y siempre volvía con las manos vacías.
Hablando con la gente de Inmigración en Uruguay, esta vez no fue difícil dar con el destinatario de las cartas. Se envió una circular a todas las oficinas en las que se sabía que había ido a parar una de ellas y en poco tiempo fueron llegando una por una a la oficina del Cerro.
Y una por una las fue recogiendo Cándido, que después de la sorpresa inicial afirmó, dicen, que estaba seguro de que esas cartas estaban saliendo de tierras andaluzas y que un día habrían de llegar hasta él. Su madre, inquieta por el devenir de su hijo, había sin embargo mantenido la fe en todo momento y había seguido escribiéndole una vez tras otra, tal y como él le había pedido. Ahora, por fin establecido, podría, con un poco de ayuda, responder a su madre y enviarle así su dirección.
Dispuesto a pasar unas nuevas fiestas en tierras lejanas, se sentía al menos un poquito más cerca del hogar con todas las historias que su madre le contaba en aquellas cartas. Unas cartas que habían cruzado un océano, dado la vuelta a todo un país y acabado repartidas entre distantes ciudades, pero en las que figuraba siempre el mismo remitente, "Ana Gutiérrez Doblas, La Garnatilla, Granada" y una misma dirección: "Cándido Cuevas Gutiérrez: Para mi hijo en América".
La historia en que se basa el relato que acabas de leer llegó a mí este otoño a través de mi madre, quien la oyó a su vez de su propia madre, mi abuela, durante su infancia. Todos los hechos específicos, identidades, fechas y demás detalles particulares han sido inventados para la ocasión, eventualmente inspirados por diversas fuentes.
No me ha resultado posible, hasta el momento, verificar la autenticidad de esta historia que, no obstante, al parecer era contada por mi abuela como una anécdota real.
Va dedicada, claro, a ellas dos, mi madre y mi abuela.
También a mi tía Odette, quien hace muchos años me sugirió la idea de recopilar los cuentos de mi abuela de boca de quien pudiese reproducirlos de primera mano... Nunca llegué a hacerlo, pero quiero pensar que esto, sin ser exactamente lo mismo, es un principio.
Y también a todas las personas que desde hace once años y hasta hoy, cada venticuatro de diciembre, estaban ya acostumbradas a esperar la publicación de mi tradicional felicitación navideña y este año, probablemente, ya no contaban con ello debido a que anuncié la del pasado año como "La Última"... Efectivamente, no he escrito una propiamente dicha pero tampoco quería quedarme totalmente con las ganas de contar algo, y el puro azar trajo esta historia hasta mí.
Gracias, y Felices Fiestas.